martes, 27 de diciembre de 2011

Abellán y Perlaza entreabrieron la puerta grande



Redacción Internacional:
Cali - Colombia. Ante una corrida, mansa y con problemas de La Carolina, Miguel Abellán y Paco Perlaza echaron torería.
Los de La Carolina, lustrosos, bien comidos, desbordando la media tonelada, rango no común en Suramérica, sacaron más mansedumbre y mañas que virtudes.
Miguel Abellán, salió a reemplazar al triunfador de la temporada mundial (Manzanares), todo un asunto. Pero cómo lo enfrentó. Como un torero legítimo. Al segundo, que apretó en tablas los primeros lances, desmontó a Viloria, y obligó el empeño de Peña y Chiricuto, aplaudidos, lo sometió desde la primera tanda disciplinaria en tablas. Los músicos y el público de una la pillaron, y dele. Por izquierda y por derecha la desganada obediencia le dio todos los méritos a la muleta. Lo que no tenía el toro lo ponía el torero con aguante y garbo. Los oles a compás acompañaron sin desmayo hasta la estocada total que pareció ganar el premio mayor, pero, algo descentrada tardó, y el descabello diferido dejó la puerta pendiente.
Al quinto, un manso que castigado con rigor por “El Soro”, se dolió desvergonzadamente en banderillas, le tuvo que poner la barriga en los pitones una y otra vez para extraerle con dolor arrancadas remolonas e inciertas. Cuando ya fueron imposibles, el arrimón fue una constatación innecesaria de su compromiso. Aunque la espada fue al famoso rincón, la gente agradecida pidió pelo, sin embargo, el palco muy tieso y muy majo cerró la puerta y aventó la música para la merecida vuelta. La plaza muy alegre no extrañaba a nadie.
Paco Perlaza se porta en Cañaveralejo, como si fuera el patio de su casa. Bueno, lo es, aquí nació, aquí jugó al toro de niño y aquí se hizo torero y aquí dos veces se ha llevado el trofeo de la feria. Es “torero de Cali”. Venía con todo, pero se dio en los dientes contra el manso más manso de cuantos han saltado en mucho tiempo; se paró, husmeó, escarbó, se dolió, se escupió, coceó, no se dejó picar, y a trotaperras escapó siempre. Paco, maduro, sereno y hasta sonriente, se lo tomó con humor. Pero inexplicablemente al final perdió el sitio con la espada, que pinchó tres veces, luego entró incompleta y exigió dos descabellos. Nada.
Con el sexto, que le tomó bien las verónicas muy cargadas, la media belmontina y el pintureo quite (sin vara) por delantales, devolvió la fe al paisanaje. Le brindó a su esposa y se fajó a demostrar lo que significa el hogar. Paró, templó, mandó y ligó por derechas, y menos, aunque también por izquierdas. Los remates y los adornos fueron congruentes y oportunos. El nacionalismo hirsuto hizo presencia con el coro de ¡Colombia!, el triunfo estaba solo a una suerte, la suprema, menuda suerte. Buen volapié, la espada toda, la plaza en rumba, pero el toro dijo no. Tras larga espera, el descabelló, y otra puerta se cerró. Qué pesar porque se había toreado.
Uceda Leal, técnico y lidiador ante el quedado primero y defensivo ante el manso y avieso cuarto, terminó fallando con la espada que tanto reconocimiento le ha valido.
Una corrida para aficionados; con toros que lo eran y lo parecían, y que con su gama de dificultades probaron los recursos de la veterana terna. Se toreó, y por los pelos dos coletas no se fueron a hombros tapando con ello al hierro antioqueño que tuvo una mala pero decorosa noche.

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